Hay veces en la vida que la teoría la conocemos muy bien, otras veces no también y otras en las que realmente no sabemos qué es lo que hay que hacer.
Leyendo el post que a continuación os voy de dejar (leído en el Huffington Post), la verdad es que me ha animado mucho a continuar con la apuesta tan fuerte que he realizado hace unos meses. Tan fácil y tan sencillo como apostar por un sueño, apostar por vivir y trabajar en lo que me gusta y en lo que me llena con el riesgo a perder «mucho». Ese «mucho» es un trabajo «estable» (o eso es lo que muchos creen), una nómina buena, una empresa que se supone que es una gran empresa con grandes oportunidades, etc. Ese «mucho» es poco comparado con lo que busco. Y no es cuestión de dinero, por que sé que hasta dentro de bastante tiempo no voy a ingresar ni de lejos lo que ingresaba en mi anterior trabajo si es que lo llego a ingresar. Es decir, no es cuestión de cambiar para ganar más dinero, es cuestión de cambiar para ser más feliz. Además es que creo que si realmente me sale bien el cambio, mi proyección en el futuro (tanto económica como laboral) será bastante mejor que la que tenía en mi anterior trabajo, lo cual sería redondo. Es una apuesta y en ella estoy.
Como he comentado antes, la teoría muchas veces la sabemos pero tenemos miedo a ponerla en práctica. No queremos riesgos. Aunque a veces tenemos que plantearnos si no es mucho más arriesgado quedarnos como en teoría creemos que estamos en vez de dar un paso adelante, con valentía, decisión, mucho trabajo y empezar a cambiar el rumbo de nuestra vida hacia uno mucho mejor. No es cuestión de ser un kamikace, ni de hacer cosas a lo loco. Es cuestión de abrirse, no tener miedo, ser valiente y en definitiva buscar ser feliz uno mismo junto a su familia y junto a los que nos rodean. De esto trata el artículo de Patricia Ramirez (psicóloga del deporte y conferenciante). Espero que os guste, os anime a hacer lo que creéis que es mejor para vosotros y os ayude a mejorar y a ser más felices con lo que hacéis.
«No haberte conocido hubiera sido como vivir en la sombra… pensar que era feliz sin saber lo feliz que podría haber sido». Al escribir estas palabras en un mensaje a mi amor, me di cuenta lo triste que sería vivir en la cueva de Platón, ¡me da vértigo sólo de pensarlo! ¿Cuántas personas viven en la sombra, cuántas tienen miedo a entregarse por completo y vivir con todos los sentidos?
Muchos son los que tratan de evitar el sufrimiento y las emociones negativas a toda costa. Pero evitar tiene un precio demasiado alto: vivir de forma gris, vivir a medias o pasar de puntillas, sin hacer ruido. Quien se entrega al amor, a los amigos, al trabajo, incluso a sí mismo, corre un riesgo mayor que quien no lo hace… pero merece la pena. Porque la otra alternativa, la de esconderte, protegerte y poner el escudo «anti dolor» no es la solución. Nadie consigue aislarse del sufrimiento, porque no es algo que solo dependa de ti. Puedes ser cauto y no ser apasionado en el amor por miedo a que te abandonen, puedes ser comedido y no cambiar nunca de trabajo a pesar de no sentirte realizado, por miedo a no encontrar nada mejor; o puedes ser protector y no permitir que tus hijos vayan de excursión por miedo a que se caigan o tengan un accidente. Pero nada de esto será suficiente, porque la vida es caprichosa y te depara situaciones y momentos que no puedes controlar, por mucho que tú te lo propongas.
Las personas con miedo a sufrir viven en su burbuja, en la zona de confort. En esa zona tu mundo es controlable, ahí te sientes seguro y a gusto… pero es un lugar limitante, en el que cuesta evolucionar y dar un paso al frente. En la zona de confort no existe el peligro y te sientes como pez en el agua.
La única forma de superarnos y crecer es salir de la zona, enfrentarte a lo que te da miedo, atreverte, ser valiente. Hay una incompatibilidad entre la idea de «en dónde estamos» y «en dónde tenemos que estar». Estar en la zona de confort no significa estar confortable.
Cuando decides salir de la zona y buscar otra oportunidad en la vida que te enriquezca más, al principio tendrás la sensación de pérdida o de dar un paso hacia atrás. Dejarás de tener ese trabajo cómodo en el que todo es predecible, o te sentirás solo hasta que superes el duelo de esa pareja con la que te sentías marchito, incluso puede que tengas agujetas porque empezaste a hacer ejercicio. No te preocupes, esta sensación es pasajera, forma parte del cambio. Porque quien se atreve a cambiar cuenta con que tiene que sufrir, aprender a andar solo, formarse o luchar por lo que anhela… A nadie nos regalan nada, y si decides ir a por algo, porque piensas que esta opción te hará feliz a corto, medio o largo plazo, tienes que contar con que todo no va a ser un camino de flores, sino que te encontrarás con el bache del esfuerzo, el de la soledad y del cansancio… pero al final del camino te sentirás orgulloso por lo que invertiste en alcanzar el premio.
Si interpretas que las emociones negativas forman parte de la evolución y de la naturaleza humana, y que aprender a lidiar con ellas es signo de madurez y fortaleza, entonces serán mucho más llevaderas… porque sabes que son parte del proceso.
La vida pasa mientras tú sigues en tu zona de confort. Necesitas observarte como alguien sin límites, con potencial, capaz de ir más allá del lugar en el que estás ahora. Seguro que tienes mucha más capacidad de la que tú percibes. ¿Quién te está limitando, tú?
Las personas emocionalmente valientes no piensan en protegerse de los demás, ni de tomar decisiones con riesgo (como todas las decisiones), ni de las consecuencias catastróficas de actuar… porque sobre todo valoran lo que les aporta el amor, la amistad, crecer y superarse, innovar y reinventarse. Saben que siempre pueden perder, pero valoran más lo que pueden ganar. Y en el caso de que las cosas no salgan como desean, se quedan con el aprendizaje y la experiencia.
Como dice Sabina en El Joven Aprendiz de Pintor: «Si no hubiera arriesgado tal vez me acusaría de quedarme colgado en Calle Melancolía, y eso sí que no… no, no, no, no, no, no…»