Voy a destacar las frases que me han parecido más interesantes del discurso de investidura como doctor honoris causa de Mario Conde el 9 de junio de 1993. De ser uno de los hombres más admirados y a la vez más odiados de España, lo que creo que nadie puede dudar es de su capacidad intelectual.
Lo más importante creo que es la posibilidad de traer a día de hoy muchas de sus reflexiones y poder observar posibles soluciones o maneras de actuar hoy ante la crisis que vivimos.
El discurso toca muchos puntos y temas. Entre ellos están:
- cómo entiende él «al mercado»
- cómo ve a los «individuos» dentro de una sociedad
- el papel que cree que debe desempeñar «el Estado»
- habla de la ortodoxia liberal y del pensamiento keynesiano
- etc
En definitiva, voy a resumir y a reducir su extenso discurso en estas frases que dejo a continuación:
«… los dos pilares sobre los que se construye el modelo occidental: la economía de mercado y el parlamentarismo resultante del poder monopolístico ejercido por los partidos políticos…
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Si es cierto que el mercado es el principal instrumento que asigna los recursos y el referente fundamental que determina qué y cuánto ha de producirse, también es verdad que el mercado no sirve plenamente per se como mecanismo distribuidor de los bienes y servicios producidos. Hay que introducir ingredientes correctores, elementos éticos de solidaridad, que permitan una asignación razonable y equilibrada de la riqueza para integrar a los desintegrados y alcanzar, por consiguiente, unos niveles mínimos y aceptables de cohesión social.
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… el mercado tampoco es perfecto, y entre progreso técnico y progreso social no existe una relación automática.
… el mercado, por sí mismo, no da en todo momento las respuestas adecuadas a los problemas reales de la sociedad. Una constatación que es particularmente importante en unos momentos en que ya nadie duda razonablemente del triunfo de la economía de mercado frente a sus clásicos competidores colectivistas.
Existen, ante todo, necesidades sociales que la ortodoxia liberal no soluciona: son los llamados «fallos del mercado».
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Me parece necesario resaltar que la eficiencia garantizada por el modelo de mercado es una virtud deseable en todo sistema económico, pero no es la única que la sociedad exige. Una asignación eficiente de los recursos disponibles puede coexistir -y de hecho coexiste en muchos casos- con una distribución muy desigual de la renta, por lo que puede ser considerada injusta por la colectividad. Cuando esto sucede, el mercado puede provocar tensiones políticas y sociales difícilmente soportables a largo plazo.
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La integración de los marginados no es un problema que se sitúe en el plano de la eficiencia económica sino en el de lo ético o incluso en el puramente pragmático de la estabilidad social.
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De ahí que parezca razonable afirmar que la economía de mercado se enfrenta consigo misma como consecuencia de su propio éxito. Es urgente percatarse de esta realidad y centrarnos, por tanto, en este problema capital.
Como primera conclusión, creo que la única posibilidad que existe de integrar el razonamiento ético y el puramente económico consiste en diseñar un Código de Valores Compartido, entendiendo no como una definición precisa y articulada sino como un conjunto de principios sobre los que queremos construir nuestra sociedad.
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Para conseguir los objetivos propuestos creo que, con carácter básico, debemos recuperar al individuo como eje central de todas las acciones sociales.
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Una sociedad reclama empresarios, desde luego. Pero también artistas, pensadores, maestros, profesores universitarios y políticos. Y en todas estas profesiones, imprescindibles para otorgar sentido a la idea de civilización, la búsqueda del lucro no es, o no debería ser, el móvil principal. Ello significa que en modo alguno podemos confundir eficiencia económica con eficiencia social: la primera se sitúa en el plano de la producción de bienes y servicios, la segunda en el de la propia organización de la vida social, del progreso social. Y es ahí donde se plantea el gran dilema: cómo y hacia dónde destinamos los bienes producidos. La solución sólo puede encontrarse recurriendo activamente a los valores colectivos.
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Quizá en parte sea debido a lo que dice Ortega acerca de que «nada le gusta más al español que poder designar con nombre y apellidos al autor presunto de sus males».
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Arnold Joseph Toynbee lo explicaba con su claridad proverbial: «Si se declara una huelga de empleados de las compañías eléctricas lo advertiríamos inmediatamente en nuestras vidas porque no funcionarían los ascensores, las cafeteras, las máquinas de escribir… Estos trabajadores tienen un poder coercitivo inmediato que no se corresponde con su importancia en el progreso social. En cambio, una huelga de filósofos o de poetas produciría hilaridad, a pesar de que esos sectores sí son vitales para asegurar el progreso de las sociedades a largo plazo». Por tanto, tenemos que edificar un sistema democrático en el que los sectores trascendentales para el progreso social posean una capacidad de influencia indudable.
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… es preciso reconsiderar el papel del Estado… hemos de resolver, en palabras de Burke, «uno de los problemas más delicados en Derecho, es decir, determinar lo que el Estado debe asumir para dirigir la sabiduría pública y lo que debe dejar, con tan poca interferencia como sea posible, al esfuerzo individual».
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Bien entendido que, en palabras de Keynes… «Lo importante para el Gobierno no es hacer cosas que ya están haciendo los individuos, y hacerlas un poco mejor o un poco peor, sino hacer aquellas cosas que en la actualidad no se hacen en absoluto».
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El problema es más profundo: la clase política ha atribuido al Estado un papel excesivo que éste luego no puede cumplir o no puede hacerlo eficientemente, y por ello entre la tarea atribuida y los resultados obtenidos hay una amplia divergencia que genera la insatisfacción que está en la base de la desconfianza entre los ciudadanos y los políticos.
La ciencia política enseña que una verdadera democracia debe incluir un sistema interno de frenos y contrapesos que facilite el equilibrio general del modelo y establezca límites racionales al poder.
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Una sociedad en la que no existiera eso que denominamos opinión pública estaría destinada a presenciar el desvanecimiento de la sociedad civil.
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… los partidos políticos no son los únicos cauces de participación en los asuntos públicos,… La Constitución reconoce a las fundaciones (art. 34), a los colegios profesionales (art. 36), a las empresas (art.38), a los sindicatos y a las asociaciones profesionales, y todos ellos, junto con otras formas de organizar el pluralismo social, han de jugar un papel muy importante en un momento en el que ese «Estado de partidos» que nació después de la Segunda Guerra Mundial atraviesa una crisis notoria.
El intento de materializar el papel activo de la sociedad civil conecta con la preocupación de muchos teóricos que hoy meditan sobre las deficiencias del modelo de representación vigente en las grandes democracias.
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… hay quien propone la constitución de una segunda Cámara parlamentaria formada por los ciudadanos elegidos aleatoriamente, al azar, entre todos los que forman el censo electoral. Otros teóricos aseguran que en unos pocos años la tecnología y la cibernética saldrán en ayuda de la democracia: la segunda Cámara -en este caso simbólica- estaría formada por todos los electores del censo, quienes desde su propio domicilio podrían votar lo que se les plantease cada vez mediante un simple aparato electrónico. Sería la culminación de la democracia directa que habría de combinarse por diversas razones con la indirecta o representativa.
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… como ha escrito René Remond, «la política ya no es lo que era». No lo es porque, aparte de los factores mencionados, los temas que en la actualidad constituyen objeto de primordial discusión no tienen fácil respuesta por parte de las ideologías que hasta hace poco monopolizaban el enfrentamiento político. Temas como la conservación del medio ambiente, el derecho de la sociedad internacional a intervenir allí donde se produzcan conflictos interétnicos, los problemas morales derivados de la investigación genética y un largo etcétera, no tienen fácil solución desde los planteamientos ideológicos tradicionales.
Son cuestiones complejas, que no tienen soluciones simples, que exigen la colaboración de expertos y que se refieren no sólo a la forma de organizar el Estado sino a la forma de vivir cada uno de los ciudadanos en colectividad.
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No sólo debemos mirar hacia el Estado: una reflexión sobre nosotros mismos es igualmente necesaria.
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El abandono del individuo como actor de la política y como sujeto del progreso produce debilidad -y hasta el menosprecio- de los valores que preocupan al hombre y, consiguientemente, genera en él una desesperanza individual que, agregada, se convierte en desesperanza colectiva. Este fenómeno es probablemente el que está provocando la profunda crisis que vive Europa.
El gran desafío consiste en dotar nuevamente de contenido humanista a nuestros proyectos colectivos. En recuperar al hombre. En recuperar el pensamiento humanista como definidor de la arquitectura de todo modelo social.
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